LA SOSPECHA FRANCESA
Tratando de comprender al filosofo francés Paul Virilio, que como todo profeta, anuncia visiones apocalípticas por las inevitables trayectorias de colisiones que se avecinan, sostenida en signos que la cultura global y el mundo virtual de Internet evidencian, metaforizo su aprehensión, como si nuestros pies estuvieran bajo un volcán, a punto de hacer erupción.
Es extremadamente difícil desentrañar toda la complejidad alegórica de su discurso, por su intrínseca hipertextualidad en la que se entrelazan las dimensiones del tiempo y del espacio, sin embargo uno de los hilos conductores esta en el tema de la velocidad de los sucesos, y como esta afecta la percepción del espacio terrenal.
Este fenómeno, se inicia cuando Occidente entra en una loca carrera por obtener velocidad en el desarrollo de la civilización moderna, sobre todo por la aceleración de los medios de traslado de la información, sea como medios de transporte tren a vapor hasta la cohetería interplanetaria- o medios de comunicación -desde el telégrafo y pasando por tv satelital, Internet o sistemas computacionales- su denuncia conduce directamente a las distorsiones en la relación del hombre con su entorno, y como esto, trastoca todas las percepciones que tenemos del tiempo y del espacio en la dimensión humana. Y del cual, el cuerpo y sus sentidos como el ojo, el oído, la boca o las manos son, principalmente el parámetro de medida, para ser procesadas por nuestras neuronas.
Es cierto que los intelectuales franceses, formados en una cultura reflexiva, o menos pragmática son muy críticos de la “American Life”, no tragándose todas las bondades del computador y la Internet.
Cuestionando la falta del encuentro cara a cara en las relaciones que establece, y por la natural rivalidad con la cultura “Made in Usa”, estos productos son banalizádos, casi como consumo cultural chatarra. Discurso incorrecto, con algunas certezas.
Virilio que inicialmente es arquitecto urbanista de una cultura mediterránea, acostumbrada a la vida publica ciudadana, es visceral para metaforizar el tema de la devastación de la ciudad y de lo urbano, por la eliminación paulatina de la fricción espacial. Le trae horrorosos recuerdos de escombros y ruinas de guerra.
La consecuencia es que el lugar físico como espacio topológico deja de tener importancia al imponerse el lugar virtual. La realidad virtual sustituye a la propia realidad. El encuentro se realiza en los nichos de la Internet, y no en los espacios públicos como son las plazas y cafés de una ciudad.
Esto que parece tan obvio, considerando las múltiples redes de encuentro que ha establecido la e_comunicación virtual, desarticula la misión de lo urbano, debilitando y probablemente destruyendo finalmente el concepto de lo citadino.
La ciudad pierde validez como un ente necesario para el encuentro de las personas. Esto es más devastador que si una bomba atómica cayera sobre Nueva York.
La fricción espacial es la resistencia que opone el espacio para que un individuo pueda ir de un lugar a otro. Al desaparecer las distancias por la telepresencia, desaparece esa resistencia, ese esfuerzo ya es inútil. Así el mundo se empequeñece, desapareciendo la necesidad de traslado y la necesidad de la corporeidad física para establecer un encuentro cara a cara. Inevitablemente, buscándose el ahorro de tiempo para que la duración de ocurrencia de los sucesos también se acelere, aparece la inmediatez, con todas sus consecuencias.
Todo es inmediato en todas partes. Y esta inmediatez le incomoda mucho a las culturas del encuentro, como también a las aislacionistas. A lo instantáneo, le importa reducir la distancia a cero. “Apreto un botón y lo tengo” dice el slogan.
El sistema global sustentado en las e_comunicaciones por su interdependencia, indirectamente hace al mundo más frágil y débil que nunca, afectándonos a todos.
Hasta el suceso mas ínfimo puede generar catástrofes comunicacionales o económicas como por ejemplo las epidemias que afectan a las multitudes planetarias por el efecto mariposa – el aleteo de una mariposa en Shangai produce un huracán en el golfo de México- o como que una fluctuación de la bolsa en Bombay hace caer como una naipe la de Buenos Aires o Frankfurt.
Con esto se puede deducir que la territorialidad se hace más difusa y las fronteras parecen irse diluyendo. Quedando en una situación ambigua el control del dominio del suelo como territorio. Empiezan a quedar caducos todos los controles de dominio del espacio, a pesar de los nacionalismos, los fundamentalismos, las restricciones culturales, religiosas o ideológicas.
El entrecruce de información, la fusión y expansión de los mensajes que viajan por el universo virtual se ve como una amenaza por el desfase de la fijación espacial. La desaparición de la radicación como sentimiento de pertenencia es el demonio para los patriotas, los sedentarios, los localistas, los costumbristas, los que aman el terruño.
La globalidad ha penetrado en todos los ámbitos inimaginables de la civilización actual colándose en la conciencia de los seres humanos, haciéndose una cultura porosa que deja “pasar sin filtrar”, porque desaparecen las fronteras dentro de la psiquis de las personas. Sin censura exterior ni interior. Esta influencia como un bombardeo que parece borrar todo signo de aislamiento personal o comunitario, también hace desaparecer las fronteras del contexto inmediato de la realidad que vivimos cotidianamente. Incluso, el propio acontecer local queda desplazado por la superposición de esta realidad externa. La piel con su porosidad se deja permear por lo mediático de la globalidad, abriendo sus compuertas al fluir libre de los impulsos comunicacionales. El mundo se ha convertido una aldea dijo Marschall Mac-luan.
Este efecto tan íntimo para las personas que va paralelo a una extensión del comercio mundial para ampliar los mercados de consumo -necesidad expansionista del capitalismo- elimina el límite. En lo Micro y lo macro.
Algo tan esencial a la autonomía, ya sea para una cultura, un régimen político, o una defensa desesperada de una costumbre local se salta la capacidad de mantener mis dominios de lo que quiero ser, imponiéndose otra leyes invisibles pero mas confusas y por tanto potencialmente peligrosas. Todo se hace difuso.
Las distancias de lo lejano se suprimen, y se crean otras distancias en lo íntimo. El próximo ( léase prójimo) cercano no existe, existe el próximo lejano que es el que me importa. Esta acentuación crea así, distorsiones en los vínculos entre los seres humanos.
El asombro de las distorsiones de la realidad ha pasado rápido. Ver transeúntes hacer cosas privadas en lugares públicos, no es lo mismo pero es análogo como mensaje a exhibir intimidades a millones de televidentes, divisar individuos que caminan hablando solos con un celular en el oído, o vinculaciones hogareñas dispersas solo sustentadas por telefonía digital. Cada cosa ya no tiene su lugar. Los lugares definidos para un acto determinado se traslapan, se entrecruzan, se alteran o mutan. La movilidad viaja por impulsos comunicacionales, salvando distancias. Y también, creando distancias.
No es lo mismo, si viajo desde la inmovilidad de una pantalla en mi casa o si me expongo virtualmente con fotologs, blogs o chateos inciertos, aunque sean actos intimistas. Tampoco es lo mismo si me encapsulo en mi note book con programas policíacos para no ser contagiado con algún virus informático, o si busco anónimas ciber-relaciones.
Pero, todos estos actos tienen en común, es que existe la misma indiferencia, la misma distorsión vincular, la misma evasión al encuentro real del otro, cara a cara. Y estamos acostumbrándonos a ello. Casi hemos establecido una filosofía de la sustitución constante del prójimo.
Esta filosofía de la sustitución, que también afecta a nuestra concepción del tiempo y del espacio, a Paúl Virilio no le saca de la cabeza que uno de los miedos colectivos mas actuales es el derrumbe del sistema como una Torre de Babel que se viene abajo.
Es extremadamente difícil desentrañar toda la complejidad alegórica de su discurso, por su intrínseca hipertextualidad en la que se entrelazan las dimensiones del tiempo y del espacio, sin embargo uno de los hilos conductores esta en el tema de la velocidad de los sucesos, y como esta afecta la percepción del espacio terrenal.
Este fenómeno, se inicia cuando Occidente entra en una loca carrera por obtener velocidad en el desarrollo de la civilización moderna, sobre todo por la aceleración de los medios de traslado de la información, sea como medios de transporte tren a vapor hasta la cohetería interplanetaria- o medios de comunicación -desde el telégrafo y pasando por tv satelital, Internet o sistemas computacionales- su denuncia conduce directamente a las distorsiones en la relación del hombre con su entorno, y como esto, trastoca todas las percepciones que tenemos del tiempo y del espacio en la dimensión humana. Y del cual, el cuerpo y sus sentidos como el ojo, el oído, la boca o las manos son, principalmente el parámetro de medida, para ser procesadas por nuestras neuronas.
Es cierto que los intelectuales franceses, formados en una cultura reflexiva, o menos pragmática son muy críticos de la “American Life”, no tragándose todas las bondades del computador y la Internet.
Cuestionando la falta del encuentro cara a cara en las relaciones que establece, y por la natural rivalidad con la cultura “Made in Usa”, estos productos son banalizádos, casi como consumo cultural chatarra. Discurso incorrecto, con algunas certezas.
Virilio que inicialmente es arquitecto urbanista de una cultura mediterránea, acostumbrada a la vida publica ciudadana, es visceral para metaforizar el tema de la devastación de la ciudad y de lo urbano, por la eliminación paulatina de la fricción espacial. Le trae horrorosos recuerdos de escombros y ruinas de guerra.
La consecuencia es que el lugar físico como espacio topológico deja de tener importancia al imponerse el lugar virtual. La realidad virtual sustituye a la propia realidad. El encuentro se realiza en los nichos de la Internet, y no en los espacios públicos como son las plazas y cafés de una ciudad.
Esto que parece tan obvio, considerando las múltiples redes de encuentro que ha establecido la e_comunicación virtual, desarticula la misión de lo urbano, debilitando y probablemente destruyendo finalmente el concepto de lo citadino.
La ciudad pierde validez como un ente necesario para el encuentro de las personas. Esto es más devastador que si una bomba atómica cayera sobre Nueva York.
La fricción espacial es la resistencia que opone el espacio para que un individuo pueda ir de un lugar a otro. Al desaparecer las distancias por la telepresencia, desaparece esa resistencia, ese esfuerzo ya es inútil. Así el mundo se empequeñece, desapareciendo la necesidad de traslado y la necesidad de la corporeidad física para establecer un encuentro cara a cara. Inevitablemente, buscándose el ahorro de tiempo para que la duración de ocurrencia de los sucesos también se acelere, aparece la inmediatez, con todas sus consecuencias.
Todo es inmediato en todas partes. Y esta inmediatez le incomoda mucho a las culturas del encuentro, como también a las aislacionistas. A lo instantáneo, le importa reducir la distancia a cero. “Apreto un botón y lo tengo” dice el slogan.
El sistema global sustentado en las e_comunicaciones por su interdependencia, indirectamente hace al mundo más frágil y débil que nunca, afectándonos a todos.
Hasta el suceso mas ínfimo puede generar catástrofes comunicacionales o económicas como por ejemplo las epidemias que afectan a las multitudes planetarias por el efecto mariposa – el aleteo de una mariposa en Shangai produce un huracán en el golfo de México- o como que una fluctuación de la bolsa en Bombay hace caer como una naipe la de Buenos Aires o Frankfurt.
Con esto se puede deducir que la territorialidad se hace más difusa y las fronteras parecen irse diluyendo. Quedando en una situación ambigua el control del dominio del suelo como territorio. Empiezan a quedar caducos todos los controles de dominio del espacio, a pesar de los nacionalismos, los fundamentalismos, las restricciones culturales, religiosas o ideológicas.
El entrecruce de información, la fusión y expansión de los mensajes que viajan por el universo virtual se ve como una amenaza por el desfase de la fijación espacial. La desaparición de la radicación como sentimiento de pertenencia es el demonio para los patriotas, los sedentarios, los localistas, los costumbristas, los que aman el terruño.
La globalidad ha penetrado en todos los ámbitos inimaginables de la civilización actual colándose en la conciencia de los seres humanos, haciéndose una cultura porosa que deja “pasar sin filtrar”, porque desaparecen las fronteras dentro de la psiquis de las personas. Sin censura exterior ni interior. Esta influencia como un bombardeo que parece borrar todo signo de aislamiento personal o comunitario, también hace desaparecer las fronteras del contexto inmediato de la realidad que vivimos cotidianamente. Incluso, el propio acontecer local queda desplazado por la superposición de esta realidad externa. La piel con su porosidad se deja permear por lo mediático de la globalidad, abriendo sus compuertas al fluir libre de los impulsos comunicacionales. El mundo se ha convertido una aldea dijo Marschall Mac-luan.
Este efecto tan íntimo para las personas que va paralelo a una extensión del comercio mundial para ampliar los mercados de consumo -necesidad expansionista del capitalismo- elimina el límite. En lo Micro y lo macro.
Algo tan esencial a la autonomía, ya sea para una cultura, un régimen político, o una defensa desesperada de una costumbre local se salta la capacidad de mantener mis dominios de lo que quiero ser, imponiéndose otra leyes invisibles pero mas confusas y por tanto potencialmente peligrosas. Todo se hace difuso.
Las distancias de lo lejano se suprimen, y se crean otras distancias en lo íntimo. El próximo ( léase prójimo) cercano no existe, existe el próximo lejano que es el que me importa. Esta acentuación crea así, distorsiones en los vínculos entre los seres humanos.
El asombro de las distorsiones de la realidad ha pasado rápido. Ver transeúntes hacer cosas privadas en lugares públicos, no es lo mismo pero es análogo como mensaje a exhibir intimidades a millones de televidentes, divisar individuos que caminan hablando solos con un celular en el oído, o vinculaciones hogareñas dispersas solo sustentadas por telefonía digital. Cada cosa ya no tiene su lugar. Los lugares definidos para un acto determinado se traslapan, se entrecruzan, se alteran o mutan. La movilidad viaja por impulsos comunicacionales, salvando distancias. Y también, creando distancias.
No es lo mismo, si viajo desde la inmovilidad de una pantalla en mi casa o si me expongo virtualmente con fotologs, blogs o chateos inciertos, aunque sean actos intimistas. Tampoco es lo mismo si me encapsulo en mi note book con programas policíacos para no ser contagiado con algún virus informático, o si busco anónimas ciber-relaciones.
Pero, todos estos actos tienen en común, es que existe la misma indiferencia, la misma distorsión vincular, la misma evasión al encuentro real del otro, cara a cara. Y estamos acostumbrándonos a ello. Casi hemos establecido una filosofía de la sustitución constante del prójimo.
Esta filosofía de la sustitución, que también afecta a nuestra concepción del tiempo y del espacio, a Paúl Virilio no le saca de la cabeza que uno de los miedos colectivos mas actuales es el derrumbe del sistema como una Torre de Babel que se viene abajo.


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